AIRE Y AGUA BAJO CONTROL: EL EQUILIBRIO INDISPENSABLE EN LARVICULTURA

Abr 1, 2026

Durante las primeras etapas del desarrollo larvario, cuando la bioseguridad es más imprescindible, el manejo del aire ambiental, adquiere la misma relevancia que el tratamiento del agua. Su control permite reducir riesgos sanitarios, limitar fuentes de contaminación y sostener condiciones ambientales estables. No es un complemento operativo: es parte del núcleo del proceso productivo.

Esa visión integral es la que define el trabajo del laboratorio de larvas de Promarisco ubicado en Chanduy, provincia de Santa Elena, y cuya experiencia analizaremos en el presente artículo. Según explica Gustavo García, Director de Larvicultura y cultivo Vannamei, este enfoque ha sido clave para que el laboratorio sea reconocido dentro del programa Sustainable Shrimp Partnership (SSP), una iniciativa que distingue a los centros que demuestran control operativo y cumplimiento de estándares aplicados a la producción larvaria. El reconocimiento no se apoya en un solo proceso, sino en la coherencia entre las prácticas productivas, el manejo ambiental y la forma en que se gobiernan los factores que sostienen la vida desde su etapa más temprana.

A partir de este aval, el equipo de la revista AQUACULTURA se propuso conocer de cerca las acciones implementadas en este laboratorio, con el objetivo de comprender cómo el control ambiental, desde el aire hasta el agua, se integra en la gestión diaria y contribuye a sostener procesos productivos consistentes desde el origen.

“En larvicultura, el control no empieza cuando la larva entra al tanque, empieza mucho antes. Aire y agua son variables que no se pueden separar, porque cualquier desequilibrio en una de ellas termina afectando todo el sistema. Nuestro trabajo consiste en anticiparnos, en crear condiciones estables desde el primer momento, porque ahí es donde se define la sanidad de todo lo que viene después”.

Gustavo GarcíaDirector de Larvicultura y Cultivo Vannamei

Un laboratorio que nació en medio de una crisis

En 2010, cuando la Mancha Blanca se había convertido en una preocupación constante para la industria camaronera, en Chanduy comenzó a tomar forma una iniciativa pensada para actuar desde el origen del problema. Lejos de los centros habituales de producción, el laboratorio fue concebido como un espacio de control sanitario, enfocado en la multiplicación de camarones libres de patógenos específicos (SPF) y en la provisión de larvas sanas para las fincas.

En esta caso no se trató de ampliar la producción, sino de intervenir en puntos críticos del ciclo. La ubicación aislada y el diseño del proyecto respondían a esa lógica desde el inicio.

Una base genética cuidadosamente construida

El arranque fue preciso. Se seleccionaron 500 animales certificados como libres de enfermedades incluidas en la lista de la OIE. A partir de ese grupo inicial se estableció un esquema de replicación mensual que, con el tiempo, permitió conformar una población cercana a los 4,000 reproductores que eran enviados al laboratorio de maduración en San Pablo.

El control sanitario no quedó solo en manos del laboratorio. Cada año, los animales eran analizados y certificados por la Universidad de Zaragoza, un respaldo externo que aportaba trazabilidad y sostenía los estándares de bioseguridad sobre los que se apoyaba toda la operación.

Cuando un cierre marca un inicio

Este modelo se mantuvo durante casi una década, pero en 2019, un brote del síndrome de Mortalidad Temprana (EMS) en el laboratorio de Mar Bravo marcó el cierre del proyecto original. El hecho obligó a detener la operación, pero no borró lo construido.

Las instalaciones de Chanduy quedaron inactivas, aunque conservaban atributos que pronto cobrarían un nuevo sentido: aislamiento geográfico, experiencia acumulada en manejo sanitario y una certificación SPF previa. Sobre esa base, el espacio fue reconvertido en un hatchery de larvas con mayor capacidad y eficiencia, dando inicio a una nueva etapa.

La transición no fue solo operativa. Marcó el comienzo de un proceso de transformación que redefiniría la escala, el enfoque y la forma de organizar el laboratorio, sentando las bases del modelo que hoy estructura su funcionamiento.

Actualmente, el laboratorio es reconocido no solo por su producción larvaria, sino por una decisión que marca la diferencia: contar con una planta de tratamiento de aguas integrada a su operación. En un laboratorio de larvas, el agua no es un recurso estático: se transforma a lo largo del proceso productivo, acumulando carga orgánica, bacterias y residuos que, sin un manejo adecuado, pueden convertirse en un riesgo sanitario y ambiental. 

La planta de tratamiento permite cerrar ese ciclo y mantener el control en cada etapa, acompañando el recorrido del agua desde que sale de producción hasta su descarga final, y asegurando que los efluentes no regresen al sistema ni impacten el entorno. En términos concretos, tratar el agua es una forma de proteger simultáneamente a la larva, al laboratorio y al ambiente que lo rodea.

El agua en movimiento: asegurar el suministro

El sistema productivo inicia en una estación de bombeo que garantiza el suministro constante de agua a las salas de producción. Bajo la supervisión de Carlos Mujica, el laboratorio opera tres bombas de 7.5 HP que captan el agua a través de un sistema de filtración inicial.

Es el sistema principal del abastecimiento de agua de mar para abastecer ininterrumpidamente de agua salada al laboratorio, almacenada en dos mega reservorios de 1,000 tns. cada uno, y es distribuida a los diferentes reservorios de cada sala para los distintos usos de recambios y procesos en la producción de larvas.

Tratamiento en funcionamiento

El impacto del sistema se percibe más allá del laboratorio. La eliminación de malos olores y focos de contaminación ha permitido que en el canal de drenaje crecer el mangle y otras plantas nativas, evidenciando una mejora en la calidad del agua descargada y el control en el manejo de residuos sólidos.

Este modelo solo fue posible gracias a la disponibilidad de un espacio amplio. El predio de 50 hectáreas, con un área específica destinada al tratamiento, permitió integrar la planta sin interferir con la operación productiva, algo que no habría sido viable en la ubicación anterior del laboratorio.

Así, la planta de tratamiento deja de ser una infraestructura secundaria y se convierte en el punto donde la bioseguridad se completa. No termina en el tanque ni en la sala de producción: se extiende hasta la descarga final, protegiendo al mismo tiempo a la larva, al laboratorio y al ambiente acuático que lo rodea.

¿Cómo funciona el sistema de tratamiento?

El tratamiento de las aguas residuales se desarrolla en tres fases consecutivas, diseñadas para acompañar el recorrido del efluente de manera progresiva y controlada.

Fase 1: concentración y sedimentación

En la primera etapa, todas las aguas provenientes de la producción y de la limpieza del laboratorio confluyen en un recolector central. Allí se aplican biorremediadores naturales inorgánicos que facilitan la sedimentación de sólidos y desechos, reduciendo la carga inicial del efluente antes de su paso a la siguiente fase.

Fase 2: filtración y depuración

Una vez sedimentada, el agua avanza hacia la zona conocida como el laberinto. En este tramo, el efluente atraviesa un sistema de filtración compuesto por mallas de distintos micrajes y carbón activado. Este proceso permite retener partículas remanentes y absorber residuos químicos, afinando el tratamiento antes de la etapa final.

Fase 3: sedimentación final y disposición responsable

La última fase se desarrolla en piscinas de sedimentación, donde el agua recibe un nuevo tratamiento con biorremediadores. A partir de aquí, el flujo se divide: el agua decantada es rebombeada hacia el canal de drenaje, mientras que los sedimentos se secan y son entregados a un gestor autorizado, completando el manejo responsable del residuo.

Lea el artículo completo: https://issuu.com/revista-cna/docs/revista_aquacultura_169/8

Compartir:

Artículos recientes