Cincuenta años de transformación en el cultivo de camarón: del modelo extensivo casual al modelo de precisión productiva

May 13, 2026

Autor: Yahira Piedrahita, Directora Ejecutiva Cámara Nacional de Acuacultura
ypiedrahita@cna-ecuador.com

Como ya he escrito en ediciones previas, se sabe que nuestra industria nació por azares del destino, cuando alguien encontró camarones que habían crecido en las pozas que se formaban durante los aguajes. En aquella época, las camaroneras se construían “a pico y lampa”, buscando las zonas que se inundaban durante la marea alta (principalmente salitrales) y haciendo encierros para mantener el agua y la semilla silvestre que ingresaba con las corrientes. El agua se renovaba parcialmente gracias a la colocación de tuberías que actuaban por rebose y permitían ingresar agua superficial del canal de alimentación y eliminarla desde el fondo de la “piscina” que se había formado gracias a la construcción del muro artesanal.  

Hace 50 años no se hablaba de alimentos formulados, biorremediación ni tecnologías. Es más, no se hablaba siquiera del monitoreo de oxígeno ni de la calidad del agua o suelo. La producción se alcanzaba gracias a las condiciones favorables del ambiente para que el camarón creciera en los estanques. Posteriormente se empezaría a diseñar los estanques y a utilizar maquinaria para construirlos, se instalaron estaciones de bombeo y se construyeron compuertas de hormigón. Esto permitió controlar mejor el llenado de estanques para la siembra, la tasa de renovación diaria y el vaciado total para las cosechas. Luego vino la tecnología, pero en una forma diferente a lo que hoy conocemos. 

Mi recorrido por esta industria comienza a finales de los años setenta y este es un relato en primera persona. Lo que escribo en adelante no proviene de una referencia bibliográfica, sino de una mirada retrospectiva desde mi experiencia personal, de las conversaciones con colegas de la “vieja guardia” y de los recuerdos de una niña de ocho años que visitó por primera vez una camaronera de la mano de su abuelo.

A finales de los setenta la camaronicultura en Ecuador estaba en plena expansión. Muchos vieron el potencial del camarón en los mercados internacionales y las ventajas de nuestro litoral para su cultivo, apostando por esta actividad naciente e invirtiendo en su desarrollo. La construcción de camaroneras generó demanda de mano de obra y de profesionales. Sin embargo, la producción en el campo era dirigida por el capataz o jefe con mejor criterio, pues casi no existían técnicos especializados en producir camarón.

Así empezaron a llegar ingenieros civiles, mecánicos, arquitectos, contadores, abogados, entre otros, a trabajar en el diseño y construcción de camaroneras, cuyas piscinas empezaron a llenarse de agua y a sembrarse con semilla silvestre. También surgió un segmento paralelo de “larveros y centros de acopio” en varias playas del perfil costero y en algunas zonas estuarinas. Sitios como Río Verde, Cojimíes, San Clemente, San Pablo, Cauchiche, Palmar, Caña Parada, Hualtaco y otros que ya he olvidado, eran conocidos porque allí se capturaba “buena semilla”.  Para la compra se cuantificaba por “bolas o tarrinas” como unidad de medida. Cada comerciante tenía su tarrina preferida y se usaba un método de conteo volumétrico para determinar PL/tarrina usando un vaso de precipitación u otro envase con el que se tomaban las muestras del tanque, no sin aplicar ciertas “mañas” para lograr conteos a favor de quien cuantificaba. 

Con las variaciones de rendimiento, debido a la presencia de postlarvas de diferentes especies en la semilla capturada, empezaron a tomar relevancia quienes habían aprendido a “calificar” larva, es decir, identificar los lotes que tuvieran mayor abundancia de vannamei respecto a otros peneidos parecidos que no lograban crecer en los estanques. 

Había pocos profesionales locales formados en acuicultura, salvo unos cuantos a quienes les debemos gran parte de lo logrado.  A mediados de los 80 empezaron a llegar técnicos y asesores extranjeros para supervisar diversos aspectos de la producción de camarón y establecer los primeros programas de manejo. Paralelamente, las universidades empezaron a entregar biólogos e ingenieros acuicultores que contribuyeron a mejorar los procesos y resolver los nuevos problemas que se presentaban en la creciente industria. Pero, por otro lado, a nivel de fuerza laboral las condiciones de trabajo eran más precarias y poco formalizadas respecto a la seguridad social y otros beneficios que hoy gozan los trabajadores de la industria.

En aquella época se empleaba pocos insumos en las camaroneras, solamente renovación de agua y fertilizantes para promover la productividad primaria, que era la única fuente de alimento para los camarones. 

Entre 1985 y 2000 la industria afrontó una serie de desafíos, principalmente sanitarios. Vimos aparecer el síndrome de la Gaviota, el síndrome de Taura, la llegada de la Necrosis Hipodérmica y Hematopoyética Infecciosa (IHHNV) que aniquiló una incipiente industria de P. stilyrostris, y la Mancha Blanca, que acabó con el 70% de la industria. Durante esos 15 años, los camaroneros tuvieron que reinventarse para que el negocio sobreviva a pesar de las mortalidades en los cultivos. Comenzaron a preocuparse por la calidad de la semilla y surgieron así los primeros programas de mejoramiento genético. También se tuvo más cuidado de la calidad del agua y el ingreso de predadores a los estanques, y se empezaron a medir ciertos parámetros críticos en el agua, principalmente oxígeno, temperatura y salinidad. 

En este período, las fábricas de alimento balanceado comenzaron a ofrecer fórmulas personalizadas, basadas en los requerimientos nutricionales de la especie y los ingredientes que cada cliente quisiera adicionar. Paralelamente, surgieron empresas proveedoras de los más variados insumos para mejorar la producción. Quienes llegamos a esta industria en los 80 empleamos productos como cal, melaza, ajo-limón, tensoactivos, desinfectantes, nucleótidos, antibióticos, probióticos (y otros que hoy no puedo mencionar), que fueron apareciendo y desapareciendo progresivamente del escenario acuícola en la medida en que surgían nuevas enfermedades y las recomendaciones de ciertos “gurús” (y algunos vendedores de humo) para combatirlas. Ciertos productos, afortunadamente, se han descontinuado por completo, al tiempo que han sido reemplazados por otros, validados científicamente y autorizados para su uso en los cultivos.

El inicio del nuevo siglo coincidió con la transformación sostenible de la industria. A partir del año 2000, el sector camaronero ha sido protagonista de una transformación que impresiona a todos, debido no solo a su resiliencia sino al cambio de paradigmas y la inclusión de la ciencia y tecnologías de punta para mejorar la productividad, al tiempo que se implementaron prácticas sostenibles para cuidar el ambiente. 

Quienes hemos sido partícipes de esta actividad desde los 80 hemos visto cómo han ocurrido los grandes cambios que hoy nos colocan como la industria más importante en la economía del país y un líder mundial en la producción de camarones. Los programas genéticos, la nutrición funcional, la automatización en el suministro de alimento, el uso de herramientas moleculares, el control de enfermedades, las tecnologías satelitales y la adopción de la IA, entre otros, son la demostración de la resiliencia no solo de la especie cultivada, sino principalmente de la gente que conforma este sector productivo. En cada uno de los eslabones de la cadena y en todos los niveles ocupacionales, ejecutivos y operativos, el sector camaronero siempre ha liderado cambios profundos y ha innovado en todos los aspectos de la industria. 

Y es que, en la actualidad, a pesar de que muchas camaroneras no han cambiado mucho en cuanto a su infraestructura general, las actividades que se realizan para producir El Mejor Camarón del Mundo se parecen muy poco a lo que sucedía a inicios de los 80. 

Los nuevos estanques son más pequeños, y pueden vaciarse mejor gracias a una pendiente adecuada. Los suelos y el agua son tratados con microorganismos y productos orgánicos que ayudan a mineralizar la materia orgánica y a mantener un ambiente más adecuado para el cultivo. Los estanques son monitoreados de manera permanente, para encender los aireadores antes de que el oxígeno caiga a niveles críticos. Las compuertas de salida permiten instalar cosechadoras automáticas y reducir el tiempo de la faena, mejorando la calidad del producto que llega a las empacadoras y entregando la clasificación por tallas y el volumen despachado. 

Los costos de producción se manejan detalladamente y con absoluta precisión mediante el uso de analítica de datos y modelos que emplean IA. El concepto de eficiencia se ha vuelto relevante en términos de uso de energía y recursos, ya que un centavo más en el costo puede hacer la diferencia al momento de vender el producto.

Las postlarvas provienen de programas genéticos que emplean herramientas moleculares avanzadas y son cultivadas bajo condiciones controladas. Cuando en el pasado se usaban las famosas “tarrinas”, hoy en día las postlarvas se pueden cuantificar tomando una foto con un teléfono celular, que de inmediato nos indica no solo cuántas hay, sino la distribución de tallas, su estado de salud y la ubicación geográfica del sitio donde se cultivan. 

El alimento balanceado se formula considerando el sitio en el que van a crecer los camarones y sus necesidades específicas, y se suministra de acuerdo con la demanda, determinada por medio de sensores hidroacústicos que permiten ajustar la ración con precisión. Términos como alimentación funcional o nutrición de precisión son comunes al momento de elegir la fórmula, que será aplicada con equipos que dependen cada vez menos del hombre para su operación. 

Hoy conocemos más el medio de cultivo que hace 10 o 15 años atrás. Para el manejo sanitario se utilizan las más modernas herramientas moleculares para detectar los patógenos y hasta podemos determinar el microbioma del ambiente, para promover del desarrollo de las bacterias buenas. Ya no nos enfocamos en curar las enfermedades sino en prevenirlas, y eso ha permitido una producción sin antibióticos para cumplir con las certificaciones más exigentes. 

En cuanto a los aspectos logísticos y operacionales, se emplean programas avanzados para optimizar costos y tiempos. Pasamos del furgón viejo a las modernas flotas del transporte con sensores, cámaras y rastreo satelital. El procesamiento agrega valor y garantiza la inocuidad. La trazabilidad se asegura mediante sistemas integrales que rastrean el producto desde la granja hasta el consumidor final, utilizando tecnologías de punta para registrar datos en tiempo real. 

A nivel laboral, las empresas cumplen con las obligaciones con sus trabajadores en cuanto a salarios mínimos, condiciones de trabajo y beneficios sociales. El concepto de responsabilidad social se ha incorporado en las actividades regulares, y muchas empresas cuentan con certificaciones de cumplimiento que demuestran que las políticas de responsabilidad social no son letra muerta.

La niña de ocho años que a finales de los 70 estaba de pie de la mano de su abuelo sobre el muro de una camaronera, con una parafernalia de tractores y retroexcavadoras moviéndose de manera caótica a su alrededor, no imaginaba jamás que sería testigo de la transformación de esta industria, y mucho menos parte de ella. Hoy, casi 50 años más tarde, sigo maravillándome como aquel día de todo lo nuevo que se está haciendo y de la velocidad a la que suceden los cambios. Sin embargo, sabemos que esta historia no se quedará hasta aquí. Los niños que hoy acompañan a sus padres y se detienen junto al muro de una camaronera también serán testigos de lo que esta industria y su gente lograrán en los próximos 50 años. Esta industria continuará…

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