Para que se produjera un evento sanitario a partir de camarón congelado para consumo tendrían que concurrir múltiples condiciones técnicas improbables relacionadas con supervivencia del agente, exposición y susceptibilidad del hospedero. No reconocer esta diferencia conduce a decisiones desproporcionadas.
Durante décadas, el sector camaronero ha cumplido con disciplina las normas sanitarias internacionales, convencido de la necesidad de proteger la producción mundial y de sostener un comercio que funcione sobre bases técnicas claras. Ese compromiso ha sido consistente y responsable.
Sin embargo, la experiencia acumulada en los últimos años obliga a revisar si las normas vigentes reflejan adecuadamente la realidad científica actual. Cuando una enfermedad emergente aparece, su propagación internacional ocurre en plazos muy cortos. Ninguna restricción sanitaria ha logrado impedir ese proceso, porque la biología y la dinámica global no se detienen en las fronteras. Lo que sí ha ocurrido es que determinadas exigencias sanitarias han terminado utilizándose para impedir comercio sin que exista una relación proporcional con el riesgo real.
El caso del IHHNV resulta ilustrativo. La evidencia científica disponible demuestra que, en las condiciones productivas actuales, este virus no genera impactos económicos significativos y tampoco se han documentado efectos relevantes en poblaciones silvestres. Además, estudios han confirmado que fragmentos de su material genético ya están integrados en el genoma de muchas poblaciones de camarón en el mundo.
Esta realidad tiene implicaciones prácticas. Los métodos de detección molecular, como el PCR, pueden identificar ese material genético aun cuando no exista infección activa ni capacidad real de transmisión. En otras palabras, puede detectarse material genético sin que exista enfermedad ni un riesgo sanitario efectivo.
A partir de allí, resulta indispensable diferenciar escenarios. El riesgo epidemiológico asociado a animales vivos destinados a cultivo no es comparable con el de camarón congelado destinado a consumo humano. Un organismo vivo puede replicar y transmitir un agente infeccioso dentro de un sistema productivo; un producto procesado y congelado carece de esa capacidad biológica. Para que se produjera un evento sanitario a partir de camarón congelado para consumo tendrían que concurrir múltiples condiciones técnicas improbables relacionadas con supervivencia del agente, exposición y susceptibilidad del hospedero. No reconocer esta diferencia conduce a decisiones desproporcionadas.
La gestión sanitaria moderna debe sustentarse en análisis de riesgo claros, diferenciados y basados en evidencia actualizada. No se trata de debilitar controles ni de cuestionar la importancia de la sanidad animal, sino de asegurar que las medidas respondan a riesgos reales y no se conviertan, por interpretación o diseño, en obstáculos injustificados al comercio.
El comercio internacional requiere reglas previsibles y coherentes con la ciencia disponible. Cuando la evidencia evoluciona, las normas deben evolucionar con ella. De lo contrario, se debilita no solo la sanidad, sino también la confianza en las reglas que sostienen el comercio internacional•


